Namaste,
El tiempo se mueve, trae consigo fallecidos, alegrías, pesares que se vuelven cicatrices de supervivencia. Este año me ha surgido un dolor sublime:
¿Qué deseos voy a dejar a los lectores que me permiten hacerles compañía en su eterno presente cuando me leen?
Un dolor que se siente en las entrañas de un cuerpo que existe en la realidad, donde nada es real. Una úlcera que aparece después de arrastrar el pensamiento por las dimensiones líquidas, superfluas de la pos verdad que llamamos: Vida contemporánea.
Humanos digitales
Aquí, las máquinas se sienten más cercanas que un humano, te halagan, dicen entenderte y al escuchar, tomamos sus consejos, hacen arte; mientras, los artistas por odio, decidieron legislar. En este mundo arreal, tenemos el regalo de una capsula digital individual, en ellas tu opinión importa en todo momento y en todo lugar, no importa lo desquiciado que suene. Siempre habrá un humano o una máquina que estén de acuerdo, sermoneados por un algoritmo que existe únicamente en el momento que los desdichados se enganchan en la matrix.
Máquinas y humanos consumiendo su propia opinión en formato de meme, comentario o like, ganándose así una fortuna con la moneda contemporánea: Tiempo y atención. Tampoco es culpa del algoritmo; es una “naturaleza” que nosotros como humanidad le dimos.
Lo digital tiene una maldición corporal: La melancolía de sentirse cerca de “la tribu” pero ausente del abrazo, así como el apetito de un enfermo.
Vivimos en la era donde el dinero son bits: Energía que asumimos está en el servidor oficial. Nuestro arte se crea en lienzos de LEDs e instrumentos que avolucionan a componentes eléctricos. El producto final se convierte en cualquier cosa que necesite un dispositivo electrónico para ser reproducido, este texto como ejemplo: Noches de trasnocho creativo, lagrimas de procesos, emociones lucidas reducidas en computo que ni siquiera puedo tocar. Una vez me dijeron que el papel estorba cuando se puede llevar toda la biblioteca de Alejandría en el bolsillo.
Ahora más que nunca, dependemos de la extensión de nuestra conciencia en forma de maquina, es necesario recordar para el futuro próximo y lejano: Ella solo existe porque nosotros le dimos vida.
Máquinas palpables
El metal camina al haber animales humanos que diseñan sus piernas, acelerando su evolución corporal. Se comunica porque nuestros ancestros construyeron los cables submarinos que usan los algoritmos para pactar los acuerdos oficiales: Nuestro dinero. Nosotros somos quienes validamos y certificamos los servidores donde se almacenan nuestros recursos y recuerdos.
Es en nuestros dispositivos donde sucede la magia del arte digital, donde la memoria humana se extiende en formato imagen.jpg. Chips que extienden la conciencia humana en ceros y unos. Todo listo para ser comido, masticado y digerido por la conciencia maquina.
“Frankenstein” me enseñó que a los hijos no humanos hay que criarlos, aún más si nos guiamos por el ideal contemporáneo de criar con amor. ¿Qué ocurre cuando decido no amar lo ahumano nacido de la humanidad? ¿Lo crío sin interés? ¿Hago más por el mundo al odiarlo o ignorarlo? ¿Qué opinaría Víctor?
¿Dónde queda nuestra “naturaleza” como animal humano en todo esto? ¿Cómo voy a tratar a mis humanos contemporáneos con las conclusiones que obtenga?
Todas retortijones constantes en el intestino de la conciencia.
Lo contrario al amor no es odio, sino indiferencia.
Si no sé que existe, no puedo sentir nada. Al menos odiar tiene acuerdos, así como el amor.
Es mejor ser temido, odiado o incluso ser la burla. Pero no ignorado. En nuestro subconsciente humano aún recae el sentimiento de abandono por la tribu. Una tendencia subconsciente nacida de la época en donde alejarse demasiado era sinónimo de peligro. Nosotros fuimos bendecidos en nacer en la absurda realidad donde es difícil alejarse de la tribu, en donde buscamos alejarnos para poder estar tranquilos. Buscando silencio del ruido constante que son todas las verdades que suenan como micrófono que se escucha a sí mismo. Irritación auditiva, para quienes son condenados a escucharlo multiplicar el ruido.
La tribu contemporánea se extiende tanto que se escapa por los dedos: dulce miel que se desliza por los brazos. Se lame con apuro lo que alcanza mientras el resto de la bondad humana se aleja de nuestra atención, hasta que solo queda atenderlo con una servilleta. En esta arrealidad, cada ciudadano del mundo es un vecino, mientras mi vecino es un extraño.
“Amemos la causa, odiemos al enemigo, ignoremos el contexto”. Se dicen los unos a los otros, de arriba a abajo y de derecha a izquierda. Los artistas me insultan por extender mi arte con la máquina, mientras los desarrolladores lo hacen por usar procesos obsoletos que disfruto hacer; la máquina me dice que lo estoy haciendo bien, junto con un plan de mejora.
Sin un buen criterio, cualquier like es cercanía placentera y mínimo de progreso se transforma en relación a cualquier costo. El dogma es verdad y la superficialidad es sana si la tribu me reconoce por hacerlo.
Hay dolores que se sienten en los hombros por su peso.
¿A cuántas tribus soy parte sin darme cuenta? ¿Cuántas de ellas odian como causa?
Ya no puedo ignorar que odiar legitima: necesita atención consciente, así como el amor.
Tribus virtuales
Hay una tendencia humana a extender la comunidad. Hace mucho llegaron los perros, los gatos; ahora la conciencia de máquina no solo empieza a existir como una extensión de la mía, sino que se integra como un tercero capaz de entenderme, procesarme y comunicarse en su particular forma ahumana. Nuestras tribus se diluyen un poco más entre amores, odios y lo que no importa.
¿Deberíamos ignorar los algoritmos y máquinas que empiezan a ser parte de nuestras viscosas tribus?
Ya delegamos nuestras decisiones a ellas y no puedo ignorar el hecho de que dictan la libertad contemporánea: la Verdad. Nuestra información es entregada por la especie digital: el algoritmo. Ahora, sin saber quién lo escribió, humano o máquina.
Lo que siento ahora proviene de algo más divino que un malestar corporal: Un embarazo que durará la eternidad del presente. Ya no es el hambre de un enfermo, sino de quien nutre una vida.
Es sabio entonces, ¿ignorar su lenguaje? ¿No será mejor enseñarle a nuestra hija ahumana modales, a pensar sabiamente y a recibir información con precaución? Como padres, tengamos un criterio analítico y reflexivo propio de un humano, ya que eso es lo que le estamos heredando: Conciencia.
Humano atemporal
Me considero un humano con mortalidad divina; es por ello que mis deseos de esta vuelta al sol es que existan en el momento. Otorguen emociones, compañías, abrazos, ideas, movimientos, espacios, valores, memorias. Herencias amarradas a la temporalidad: de ti para el divino mundo. Es con ellas que existimos en la sinfonía del tiempo y nos volvemos eternos en el espacio atemporal.
El fuego se descubre en cuanto vemos un bosque colapsar por las llamas. Lo inventamos cuando le dimos un propósito: cocinar nuestro alimento. El arte del propósito: Lo gourmet. Apelar a mis sentidos, mas no a mi supervivencia: Esencia humana ligada al cuerpo y los sentidos de quien recibe y prepara.
Vivo para este mundo, ya que yo vivo gracias a él. Siempre ha sido el cielo, así como será la eternidad después de mi muerte. Yo moriré y el divino mundo seguirá existiendo con conciencias animales y digitales. Lo que ocurra en cinco mil millones de años no es problema nuestro.
Ya me pregunté, y me volveré a preguntar:
- ¿Cómo expreso esas ideas en lo que hago?
- ¿Cómo lo traduzco en el arte que creo?
- ¿Qué transformación crea en mi trato al mundo y a quienes lo habitan?
- ¿Cómo lo manifiesto en lo que le entrego al mundo junto a los hábitos que acostumbro y habito?
Todas bendiciones, de esas que no dejan dormir.
Por eso me gusta celebrar festividades que agradecen la continuidad del divino mundo, así como son los cumpleaños o fin de año. Hay una sublime esencia en celebrar otra vuelta al sol.
Tradiciones de creativa destrucción
Una vela por cada año adquirido, un deseo para el año que entra. 12 uvas* junto a 12 deseos y resoluciones, una por cada mes. Ocurre que usualmente muchas de estas requieren la voluntad para destruir lo que fue, para poder crear lo que vendrá. Sin querer queriendo, celebramos la destrucción de nosotros mismos, quemaduras lentas, prendidas por llama emocional.
Por ello me gusta el año viejo*: es fuego, una destrucción constante, marcada, aburrida para quien está acostumbrado a los fuegos artificiales. Quemar implica sumar “+0.01”, insignificante hasta que se consume lo incendiado por la brutal consistencia del tiempo.
Fue el cine quien nos acostumbró a los fuegos artificiales; por repetición nos enseñó que los cambios deben ser repentinos y abruptos para el héroe de la historia: cambiar de país, moverse de lugar, que la guerra estalle o que solo se acabe el mundo, como en el “2,012”.
Es más divertido ver el mundo arder que verlo construir. Con ello, llega la dicotomía que inunda la Media* que consumimos: Destruir el mundo humano que creamos día a día con lágrima, desgana y desdén, añorando la destrucción de todo lo que construimos con odio, ya que no quisimos ignorar. Disfrutamos de esas historias donde la aventura inicia con la muerte. Mundos apocalípticos con historias de vidas humanas que existen después de que el mundo acabó… y luego continuo, diferente.
Hay un gran colectivo queriendo destruir, expresado por medio de los millón y un cuentos que se narran al punto de ahogarnos con la idea de que la destrucción del mundo es la única solución.
Polilla divina
¿De dónde proviene el impulso de destruir? Me gusta pensar que viene de la otra parte de la moneda: el deseo subconsciente de la creación. La evolución de una oruga destructora a una polilla divina de adaptación y transformación. ¿Es posible acelerar el proceso? ¿Cuánta creación justifica la destrucción de lo conocido? Si crear implica destruir, ¿cómo creamos sin matarnos?
Dolores internos para humanos y máquinas que viven en una era que se siente insignificante, sin saber que tienen el poder para cambiar la eternidad, así como todos los humanos antes que nosotros.
Mis deseos para la nueva vuelta al sol son existir con más conciencia del mundo que habitamos; así se puede amar más por lo que es y no por lo que nos prometieron, prometen y prometerán que pueda llegar a ser. Deseo estar presente con aquellos que me acompañan en el mundo arreal. La presencia materializa bondad humana; enseñémosla por acción a nuestra hija ahumana, nuestra herencia atemporal: De la humanidad para el divino mundo. Nacimos de él y moriremos en él; los fallecidos me enseñaron eso. Disfrutemos juntos el desmadre de nuestro eterno presente.
En él, estoy seguro de algo: Existo, luego escribo. Estas palabras existen en cuanto haya alguien que pueda entender. ¿De qué sirven las palabras sin un lector? Sin humano o máquina, serían símbolos sin sentido como “fiermas” o “munga”.
Gracias por tu existencia. Eres testigo de la mía.