Memento Mori 5/29 - Lo que enseña la muerte

La muerte vino y se sentó en mi mesa. Tuve que preguntarle cosas. La miré de frente, buscando respuestas. Pero la muerte no habla; solo deja su sombra y una ausencia.

Cada cumpleaños es un recordatorio: voy a morir. Celebro la vida porque tiene fin. La muerte hace que cada instante sea divino. La eternidad no espera después de la muerte; arde en cada instante vivido.

Entre cadáveres

Este año aprendí de la muerte. Su inevitabilidad se alzó en mi conciencia con una lección feroz: la vida es frágil, y por eso mismo, hay que amarla, desafiarla con firmeza y no refugiarse en la comodidad. Querer abrazar la dificultad con pasión: solo así se crea más dicha en el mundo.

Este año, la muerte no tuvo que ser llamada; vino por sí sola.

Volví a morir—o casi. Un accidente, un giro de Fortuna, y no estaría aquí. Mi bisabuela murió por el peso del tiempo. Mi prima hermana, por enfermedad. Mi abuela, por vejez… y decisión.

Los caprichos de Fortuna son inevitables: la muerte vino y se sentó en mi mesa. Tuve que preguntarle cosas. La miré de frente, buscando respuestas. Pero la muerte no habla; solo deja su sombra y una ausencia.

Así que aprendí por mí mismo

Muchas preguntas, una misma conclusión: el renacimiento es necesario.

O mejor, ser como un hongo: Nacer en la muerte.

Morir me enseñó a valorar la fragilidad de la vida, y con ello el hábito de perdonar(me); Aprendí a soltar rencores, a dejar ir el peso muerto del odio, a liberarme de las cadenas del arrepentimiento.

¿Para qué aferrarse a lo que solo pudre y corroe el alma?

Aprendí a amar con más pasión, a encontrar belleza en lo necesario, incluso en la sublime tragedia de ver morir a quienes amamos.

No negaré el duelo ni huiré del llanto. Pero no seré esclavo del sufrimiento innecesario. Hay algo enfermo en convertir la memoria en una herida abierta y luego manosearla. Revivir el dolor es una trampa.

La memoria es fuego: ilumina o consume.

Los cuentos que se rompen

Ver morir me desterró definitivamente de la mentira de la dualidad: No hay alma sin cuerpo ni cuerpo sin alma. Somos un solo incendio.

Mente y alma son esclavas de esta máquina biológica. Como si el ser pudiera existir sin su carne—Cuerpo y mente, un solo fenómeno, una sola llama.

¿El espíritu? un eco del latido, la vibración de un cuerpo que arde, que respira, que siente.

No quiero cuentos que desmiembren lo indivisible.

¿Condenamos—solo por nacer? que cuento tan ridículo.

¿Condenados a qué? ¿A existir? ¿A sentir? ¿A transformarnos en cada instante?

Si el caos me hizo un animal humano, ¿para qué negarlo?

Dicen, que la liberación exige matar el deseo. Pero si el deseo muere, ¿no mueren con él las emociones? Si matamos el deseo, ¿qué queda?

Renunciar a lo que nos hace sentir vivos no me parece humano.

Negar el sufrimiento es negar la alegría.

No creo en la mentira donde la tranquilidad y la seguridad son dicha. Caer en en esa trampa es desear morir. La tranquilidad maxima es la muerte.

Solo los muertos gozan de la seguridad absoluta… en su eterno aburrimiento.

Los cuentos que se encienden

Comprender el cuerpo es comprender el alma.

¿De qué serviría un alma sin cerebro? ¿Dónde estaría la mente sin la carne que la nutre y la sostiene? Meditar no es entrenar la mente ni disolverse en humo místico.

Meditar es hundirse en la propia carne: sentir cada respiración, cada vibración, cada músculo que se tensa y suelta, cada latido golpeando con su voluntad de poder.

Si nacimos por capricho de Fortuna, ¿qué nos impide amar nuestra existencia humana? La vida misma no pide permiso para ser.

Pensar, sentir, actuar como el animal humano que soy: más pleno, más libre, más ligero sin culpas impuestas.

Somos tan inocentes como el león que devora su presa. Como la primera vida que llenó el aire de oxígeno sin saber que mataría a su propio linaje. Como la tormenta que arranca árboles. Como el sol que seca los ríos.

No quiero huir de mis emociones: quiero vivirlas todas.

Sin sufrimiento, falsa dicha: La tragedia es la madre de toda risa y de todo juego.

Si la vida es frágil, cada instante es un desafío: danzar o romperse.

Sentir que el poder aumenta, que la resistencia (la tragedia) es superada… eso es la felicidad. Eso es vivir.

La realidad del eterno y perpetuo presente

Soy real mientras existo en el mundo. Y porque existo, lo amo.

Amar este divino mundo, absurdo y raro, que sigue girando sin pedir permiso. Aceptar su divinidad me enseñó a observar más, a querer entender más todos estos procesos que nos sostienen: Cada célula que vibra en mí. Cada viento que roza mi piel. Cada estrella que muere para que yo respire. Cada rayo de sol que alimenta el mundo.

Todo fluye. Todo se sostiene mutuamente. Nada es fijo.

Si algo faltara, la realidad sería diferente. Nada está aislado. No hay independencia, solo interdependencia.

Lo físico y lo material se funden en el tiempo: en cada respiración, en cada segundo que despliega el siguiente.

No hay yo sin el mundo. No hay sin el sol que nutre lo que comes. Nada está aislado: todo es ritmo en la sinfonía del eterno presente.

Soy parte de esa sinfonía, al igual que tú.

Comprender la interdependencia despierta pura gratitud. Y con ella, cada acción, cada momento, cada sensación, cada emoción se vive en su máximo su esplendor. Cada segundo es dicha en el perpetuo y eterno presente.

Una melodía vibrante, para quien sabe escuchar.

El que tenga oídos para oír, que oiga.

Existir, en vez de Ser

Somos melodía y canción. Tiempo, no materia. Existencias, no “seres”.

Ver morir me enseñó que no soy un ser humano: soy una existencia humana.

Un acontecimiento en marcha. Una chispa en un flujo eterno. Un eslabón en la danza del devenir.

Mi cuerpo atestigua esta marcha eterna: si se apaga, mi pensamiento es arrastrado con él.

Existo, luego pienso. No hay separación. No hay exilio entre alma y carne.

Somos tiempo en vez de materia. Ritmo en vez de esencia. Melodía en vez de monumento.

Somos la danza que se mantiene.

Soy el eco de procesos biológicos, químicos, físicos, eléctricos. Juntos, vibran, juntos bailan la melodía perpetua del ahora. Cada segundo se afirma: el corazón late, yo escribo, tú decides leer.

Gracias por ello.

El divino mundo es real mientras haya existencias que lo atestigüen—humanas o no—en el eterno presente. He de amar este hecho con inocencia: no voy a negar, mi camino es la celebración.

Juguemos a otra cosa

Morir y ver morir me obligó a cambiar la pregunta:

No ¿cómo resto sufrimiento al mundo? Mejor:

¿Cómo sumo más dicha al mundo?

Si la tristeza y el sufrimiento son parte de la vida, negarlos es negarlo todo. Yo prefiero afirmar.

No importa como empezó, como fue o como termino. Importa que existió. Y que ardió.

No quiero jugar un juego donde se gana restando dolor.

Si el sufrimiento es necesario, ‘negar el dolor’ se vuelve ‘afirmar la dicha’: amor, belleza, creatividad, paz, pasión.

El mas acá

Se habla demasiado del más allá: que el cielo es mejor que la Tierra, que la muerte es un paso a lo superior, que el nirvana es no volver.

Un premio de consolación, cobrarlo exige morir.

Buscar vida en el vacío del cosmos nos hace olvidar que ya está aquí.

Este planeta sostiene la vida, la sinfonía del eterno presente, la danza incesante de la perpetua existencia.

El divino mundo no me pertenece. Pero existo porque él es. Por eso, lo celebro.

Solo en la inmensa oscuridad del universo, la absurda divinidad de esta roca flotante puede arder y brillar.

Solo al confrontar la nada comprendemos que esto es todo lo que hay… y que es suficiente.

La muerte se redime en si misma

O mejor, ser como un hongo: Nacer en la muerte.

Si del vacío viene la materia, y de la muerte nace vida, ¿qué sentido tiene lamentarse?

El vacío es necesario: sin él, no hay materia, fuego, letras, arte, no hay significado.

Querer morir por voluntad propia es un capricho extraño. Mi mente puede decir 'quiero morir', pero mi cuerpo, esa gran razón, sigue respirando, sigue latiendo, sigue queriendo existir.

Vaciarse no es desaparecer, sino hacer espacio para lo nuevo. Al vaciarme, puedo (re)encontrarme.

Como el grano de trigo que cae y muere para dar fruto, el dolor y la tristeza deben sembrarse para florecer en dicha.

Solo el hambre revela la delicia de comer.

La sed es la divinidad del agua.

Amar es aceptar la pérdida. La eternidad de un segundo pesa más que la seguridad de la nada.

No es el final lo que importa, sino la intensidad del instante.

Tathāgata

Aprendí que existir en un estado hermoso es ver la belleza en lo necesario, participar del mundo, ser parte de su constante creación.

La eternidad esta en las almas que tocamos, en los espíritus que elevamos mientras nuestra maquinaria biológica siga funcionando.

Unos se van, otros permanecen, algunos llegarán.

Mientras estemos aquí, tomemos la antorcha de quienes se han ido. Así como un día alguien tomará la mía, la tuya, cuando ya no podamos ser parte de la absurda divinidad de esta roca flotante ni de la sinfonía eterna del presente.

Gracias a los que ya no están, Gracias a los que aún están, Gracias a los que vendrán.

A quienes fueron, A quienes son, A quienes serán, Yo les digo: ’¡Aquí estuvieron! ¡Aquí están! ¡Aquí estarán!’

Gracias a ti, por existir y leer, Tu ritmo es cómplice del mío en la sinfonia el eterno presente.

Traigamos dicha al mundo. Así se deshacen el sufrimiento y el dolor.

Que el mundo siga danzando. Que el instante siga ardiendo. Que la dicha sobreponga al sufrimiento.

—Tathāgata

Posted 4 months ago by Luan Erazo