¿Qué tan seguido pensáis en aquello que se hereda? No solo en bienes materiales, sino también en los hábitos y ademanes de los seres humanos que nos rodean. Porque las herencias no son solamente familiares, sino enteramente humanas. Son los constructos, las normas y costumbres que nos transmitimos de generación en generación, de amigo a amigo, de lo que aprendemos de amor tras otro. Cada humano que conocemos, sin saberlo, nos deja una piedra tallada como herencia, una que recordamos cada vez que nuestra mente quiere volver a ese rostro.
Y es que justamente en el recuerdo es que se vive, aunque no en pensar en el pasado, sino en la acción de crear recuerdos. Porque para revivir un momento de nuestra historia, primero se debe haber vivido. Recordar es vivir, en tanto que primero se debe haber vivido el momento, aceptar que ocurrió, para así poder traerlo de vuelta a este eterno presente.
Un recuerdo está tan vivo como las células que os permiten leer, tan vivo como aquella neurona que gasta energía para enviar un mensaje: un momento vivido que por algún motivo es relevante para el funcionamiento del sistema. ¿Podríais comprender a vuestras células? ¿Cómo nos comunicamos con aquello que nos compone? ¿No es acaso esa neurona "yo"? O más bien, "yo" soy ese conjunto de células que leen y recuerdan? Muchas preguntas cuyas respuestas son tan absurdas como lo es 42.
Entender que mis recuerdos son tan dinámicos como aquellas células, me hace pensar en esa época futura en la que ya no cambie y mi cuerpo se rinda a lo estático. De que cuando mi alma haya muerto y este cuerpo esté pudriéndose, sepa que en vida fui fiel a este cuerpo y este mundo que me permite sentir y experimentar. De tener la dicha de haberos conocido, a quienes Fortuna y el azar nos hizo encontrar en el camino sin más razón que el 42.
Gracias a estas células que trabajan juntas sin motivo aparente, "yo" puedo decir que existo y que he tenido la fortuna de conocerte. Aunque haya cometido errores con vos, gran humano, porque he elegido el camino de celebrar la existencia, y para ello debo celebrar vuestra existencia.
¿Qué sería de mi existencia sin los recuerdos de otras vidas? Sería vacío, como un alma sin cuerpo. Sin las memorias que nos unen, yo no existiría, porque nunca habría vivido lo que ahora vives en tus recuerdos. A veces ser eterno es entregar hábitos humanos y no en verlo todo, "¡ofrécele a la Vida lo que ella misma te promete!", decía Zaratustra, "porque el humano es un puente y no una meta".
Y mientras reflexionaba sobre metas y futuros ficticios, tuve una epifanía que me conmovió como conmovería una expedición a lo desconocido. Este año mi padre cumple 50 años. Si me proyecto, ese número está cercano al doble de mi edad. Y la cosa es, no es el único padre ni el único que ha cumplido 50 años en estos últimos tiempos. Esto me hace mirar hacia el futuro inexistente y preguntarme:
¿Qué quiero conservar cuando ellos ya no estén y toque a mi ser el qué esté ahí? ¿Qué tanto puedo olvidar para retener solo lo que es humano? Y así escoger lo que quiero heredar de ellos.
"Ofrécele a la Vida lo que ella nos promete!".
Si la vida me promete dificultades, la felicidad en la superación de ellas y una existencia motivada por el deseo y el dolor, decido heredar la hidalguía de aquellos humanos que no puedo ni quiero olvidar. Dejar ir un momento es mucho más fácil que un rostro, por eso deseo conservar rostros y valores antes que emociones y momentos. Así concilio mis recuerdos y mis vivencias, soltando esas piedras que ya no son tan nobles, y, por el contrario, llenándome de aquellas que por capricho quiero honrar, como se honra a una obra de arte.
Y así como tengo piedras aprendidas de Siddartha, me alejo del budismo. Tengo otras de Jesús, pero dudo de quien me las ofrece. Aprecio las de Zaratustra, aunque sea un cuento y un poeta (porque los poetas mienten demasiado). Y como estos grandes personajes, quiero hoy aprender de vos, gran humano, para que en los años que Fortuna me otorgue, pueda honrar vuestro recuerdo en las piedras que decida llevar en mí de vuestro rostro, una piedra que irá conmigo hasta los desiertos más hostiles. Lecciones aprendidas del Santo que se atrevió a vivir y a leer esta escritura.
Cuando llegado el momento Fortuna me separe de vos, gran humano, saber que siempre fuiste honrado en las piedras que dejo en otros, pues con solo haberte conocido, soy testigo de tu existencia, así como tú lo eres de la mía. Reencarnemos pacíficamente en átomos para el mundo y en herencias para la vida.
Bendita sea la memoria que guardo de ti, y que el sol os ilumine con su bendición.
- Luan Erazo