Avolución

Había verdades que daban vértigo con solo verlas; un mareo nauseabundo que subía desde el estómago, moscas que subían por el estómago comiéndote desde adentro
Avolución

Rotor

El doctor era un hombre singular, algunos desquiciados lo veneran como un profeta, aquél que abrió la puerta a un inimaginable salto evolutivo. Este tenía sus manías: gestos exagerados, nerviosismo perpetuo y diarios constantes como variados delataban una mente que se tambaleaba al borde del abismo. Digno de cualquier profeta, dirían sus seguidores de bata blanca.

Rotor, como lo llamamos ahora, fue un brillante estudiante durante la universidad, realizó una doble titulación de biología y química aplicada. Le gustaba leer en su tiempo libre, recuerdo como en sus primeros cursos no paraba de hablar sobre la belleza de lo inverso, de lo nuevo por descubrir. Nos explicaba con detalle la hipótesis de la molécula reflejo, una inversión irregular de lo mismo, por ejemplo, dos manos juntas, suplicando por su vida.

No reconozco en que momento esas miradas de ilusión por descubrir se convirtieron en ojos de cansancio, que luego pesaron tanto que le dieron paso a la locura. De unos años en adelante su emoción se fue apagando. Dejó de hablar de su trabajo; Dejó de sonreír. Compartía cada vez menos, siempre muy reservado, como si trabajara con esos dioses pesados, exigentes que observan y escuchan todo. Esos que te vuelan la cabeza por decir algo indebido. Hasta que un día pidió transferencia al edificio más lejano de la facultad de biología. Cuando por fin nos convocó para mostrarnos, ya era demasiado tarde.

Sus cuadernos eran manuscritos con ecuaciones algebraicas perfectas, estéticamente hablando. Números y letras rectas como reglas que saltaban enseguida a dibujos químicos tan bien logrados, tan complejos que parecían traídos de otro cuadrante galáctico. Todo finamente contrastado con su letra escrita, notas con apuro y mal escritas. Era como leer la lengua prohibida de los dioses; y el doctor, con su pluma temblorosa, se prestase a traducir, a ser el chivo expiatorio de energías ancestrales que demandan crear… y destruir.

Las páginas contenían ecuaciones imposibles, expresiones larguísimas, que parecían una orgía de números y letras. Había verdades que daban vértigo con solo verlas; un mareo nauseabundo que subía desde el estómago, moscas que subían por el estómago comiéndote desde adentro, devorando pensamientos con un jugo ácido, húmedo y pegajoso.

Muchas veces solo pude entender cosas como “El futuro respira vida” o “La evolución requiere visión espontánea”, parecía metafórico en su momento, ahora es solo una realidad literal, una en la que sobrevivir es una lucha. Es el futuro, es el ahora, nos guste o no.

Salgo a la calle y veo como los árboles crecen en cielos líquidos, mientras sus ramas con tentáculos de medusa nos pescan como insectos ¿Era esto lo que soñaba el doctor?

Una tarde y sin previo aviso, nos llamó al laboratorio enterrado en el sótano de su edificio. Cada paso que dábamos para llegar al lugar se hacía más pesado, cada bocanada empezaba a sentirse como un humo artificial y espeso que hacía difícil la respiración. Los colores empezaron a sentirse más brillantes, a veces más apagados, como si la vista dejara de funcionar y los colores fueran los primeros en dañarse. Al llegar, nos presentó a Adiv—Vida al revés. Un reflejo, una inversión de lo que conocemos como Vida. ¿Alguna vez han visto un divino sacrificio?

De esos que esperan cambiar el mundo a costa de una vida, de intercambiar la humanidad innata del que sacrifica, ser transformado en humo desde adentro, todo para devenir algo más alienígena, más ajeno, menos conocido. En solo horas después de la introducción de Adiv pasamos el umbral de la lógica y la razón para darle paso a la realidad más pintoresca de la que he sido parte: Los colores comenzaron a derretir las nubes, rehaciendo el planeta en un tapiz de vida especularmente aterrador.

Los seguidores de Rotor dicen que esa tarde fue una trascendencia, yo digo que fue una deshumanización.

Eso fue la presentación.

En el laboratorio el aire era caluroso y húmedo, un manto que aplastaba los pulmones con una pegajosidad repulsiva. No siendo poco, el doctor insistió en apagar el aire acondicionado. Todos pensamos que estaba loco, nadie se esperaba que nos cocinara en ese salón abarrotado, mucho menos el espectáculo que dio.

—Hacemos máquinas, pero no somos dioses, entonces ¿Cómo se llama cuando se es cómplice de dioses de la creación? — La voz del doctor empezó a sonar por los parlantes del lugar —¿Son ellos los que demandan la limpieza del lienzo? ¿Qué ocurre si se exige la extinción de lo que hay, para darle paso a lo que vendrá?

No tardamos en sentirnos ahogados. No era solo la humedad o la multitud; el aire era denso, como un incienso húmedo invisible y pegajoso que se filtra en la nariz, en la garganta y en la mente. Era como si invisibles hilos de mucosidad se enredaran en la garganta, filtrándose en la nariz con un hedor ácido a carne podrida mezclada con ozono eléctrico, una pesadez que provocaba náuseas profundas y debilitaba al punto de dar la sensación de ser un metal inerte cargado por un globo que apenas puede consigo, todo acompañado con un aliento sabor a bilis cósmico.

—Frankenstein tenía razón al detestar su creación. Pero no seré quien para arrebatarle la vida a mi aterrador hijo —se escuchaba en los parlantes, mientras aparecía el doctor a escena con una sonrisa ansiosa, triste y perturbada—. El bebe ya ha dado sus primeros pasos, solo existe y no puede ser contenido.

Tiró el micrófono al suelo, lo que aumentó el ruido, un zumbido sordo que empezó a resonar, como si el mundo mismo estuviera vibrando al revés.

Se dirigió a la parte trasera del escenario y tomó una cuerda conectada a un sistema de poleas que lo ayudaron a mover una monumental caja de cristal: Un terrario de cinco metros que albergaba un ecosistema imposible:

Flores con pétalos como dedos retorcidos, pulsaban como venas abiertas al trepar hacia raíces colgantes que goteaban una savia brillante gelatinosa, todo dentro de un cielo invertido dentro del terrario. Criaturas que desafiaban toda lógica: bolas erizadas de lombrices vivas, arrastrándose por el aire con un chapoteo lento, como si nadaran en un océano especular de mucosidad palpitante. Pájaros de plumas quebradizas cavaban en el suelo con crujidos húmedos, huyendo de las pupilas negras que brillaban, ojos incrustados en lo que parecían ser piedras que palpitaban de emoción al devorar cada detalle de nuestros rostros llenos de horror, con una avidez inhumana.

Después de los primeros gritos de terror, el cielo del terrario empezó a volverse líquido, y el piso gaseoso, como si estuviéramos viendo una lámpara de lava de una raza del lejano cosmos. Fue entonces cuando las paredes del salón comenzaron a ondular.

No era un truco de la luz, sino un reflejo tornasol, como si un espejo líquido se hubiera derramado sobre la realidad. Los colores cambiaban con cada parpadeo, imposibles de fijar. Los tonos tornasoles empezaron a crecer como flores grotescas, brotando por todas las paredes, suelos y columnas. De repente sentí como de mi brazo salía una flor con pétalos de lombriz, sus gusaneas raíces se empezaron a hundir en mi carne con un sonido seco húmedo y un susurro casi musical que distorsionaba la realidad.

Alcance a quitármela con el suéter sin tocarla directamente, pero el dolor ya había penetrado, era un fuego lento y viscoso que se extendía como veneno, dejando un rastro pegajoso de savia negra. Volteé y vi a los menos afortunados: humanos con flores creciendo de sus cuerpos o sus cabezas. Los pétalos penetraban la carne, extendiéndose lentamente por el cuerpo sin dificultad alguna. La sinfonía aterradora de la muerte se alzó sobre nosotros: gemidos ahogados, que acompañaban los crujidos óseos y el sonido de piel derritiéndose. Un eco de cantos y ritmos antiguos que no entendía, pero que resonaban en mi mente.

Las raíces crecían en lo que fuera que tocara como un micelio letal, los muertos no se hicieron esperar, pero no caían. Se deformaban a voluntad de las raíces que se expandían mientras un tronco nacía de cada uno de los cuerpos afectados, elevándolos a los cielos donde las raíces siguieron creciendo, devorando todo. Los llamamos árboles humanos, los que cuelgan del cielo líquido.

Quise acercarme al doctor, salvarlo, pero lo único que vi fue un pedazo de carne que bullía desde adentro, disolviéndose en un humo viscoso que se fundía con el aire, alimentando la escena ya sub real. El doctor había sido consumido por el dios del nuevo mundo, un destello final de esta realidad que daba paso al reflejo inverso de la vida: Adiv, la nueva vida, nacida de la muerte de todo lo conocido. No había malicia en su proliferación; era solo biología, un poder ecológico que devoraba lo familiar para sembrar lo invertido.

Empecé a huir del lugar, el zumbido que solo era molesto empezó a sentirse insoportable, un peso en la mente que hacía que cada pensamiento se sintiera al revés y sin sentido. Correr se volvió prioridad. Algunos de los "afortunados" que estuvimos allí aún vivimos, si se le puede llamar así a esta nuevo presente. El doctor nos maldijo, con ello el Absurdo procedió a escupirnos en la cara, Fortuna nos pateó, y la Muerte se regocijó.

Correr es la única opción… ¿A dónde?

Adiv, es una fuerza biológica que simplemente se expande, reescribiendo las reglas del planeta, invirtiendo y retorciendo la naturalidad del ambiente y de las células que nos componen. Ahora la tierra es un reflejo de todo lo que fue. ¿Nunca pensó el doctor en nosotros? ¿En su propia especie? Lo natural dejó de existir, y lo innatural no existe. El mundo ahora es anatural.

Las flores nacen de la nada, los animales son plantas que flotan en el cielo. Las palabras involucionan a gruñidos sin sentido por falta de humanos que las usen.

Los dioses no tienen cara, son una fuerza. Adiv es biológica e impersonal, así como la Vida. La manifestación directa de fuerzas primigenias, de esas que crean conciencia en donde no hay. No es una entidad con voluntad, sino un ecosistema invertido que reescribe las reglas de la biología planetaria. Moléculas que giran al revés, como sombras en un espejo roto, devorando la esencia de lo vivo, un poder ecológico que devora lo antiguo para dar paso a lo nuevo. Un error que nunca debió ser estudiado.

Nosotros, humanos, somos extraños en este adivo mundo, comida para el nuevo ecosistema, así como todo lo natural. Lucho por no ceder a la locura, por no convertirme en humo viscoso. El doctor lo dio todo por criaturas que nunca lo conocerán, que adivirán y morirán ignorantes de su dios humano. Dicen los profetas de Rotor que el destino de los grandes es darlo todo por el futuro que imaginan. Necesito creerles para poder aferrarme a algo, a que de alguna forma podemos revertir lo invertido, que aún poseemos las agallas de cronos para devorar a nuestro hijo especular. Sueño egoístamente en un mañana terrestre y familiar.

Escribo para no olvidar, escribo para los que aún pueden entender y que tengan la humanidad suficiente para querer entender. Sepa lector, que hubo un simio que, existió por un breve instante, que quiso conservar su humanidad en un mundo ahora ajeno. El cielo ya no es azul, ni refleja estrellas. Es un mar azul-violeta donde las raíces de los árboles humanos crecen de las nubes brillantes, espejos líquidos que reflejaban una superficie que no nos pertenece: un nuevo mundo donde nosotros, humanos, somos intrusos. Ese mismo espejo que refleja nuestras sonrisas tristes en atrapados en  el nuevo amundo traído por Rotor.

Los ríos ahora son naranjas y el agua sabe a hierro oxidado, como si el cobre se disolvieran en las entrañas de la tierra, dejando un regusto metálico que quema la lengua y revuelve el estómago. El aire, antes puro, ahora es pegajoso y húmedo, un hedor terrible a extracto de azufre artificial con menta podrida que se adhiere a la piel como una asfixiante segunda capa. En las noches sueño con un cosmos especular donde las lombrices cantan con sonidos que raspan el interior del cráneo, hongos que bailan en los cuerpos de sus víctimas, donde la humanidad es solo un error pasajero, un pulso efímero en la vastedad ancestral del cosmos.

Escribo para aferrarme a lo humano, antes de ceder a los dioses primigenios del Azar y el Caos. Adiv nació de ellos, así como nosotros, agentes de la Vida. Lo que el doctor no supo es que solo fue un peón de las energías primordiales que jugaron con él, así como juegan conmigo y con tu existencia, lector.

La locura de la humanidad lo recibe de brazos abiertos, así como la locura de la Vida y todo lo Natural. Si no se está dispuesto, sepa que todos los seguidores de Rotor ahora son árboles humanos. ¿En dónde quieres estar?

 

Posted 3 months ago by Luan Erazo